Volver. La pequeña crisis de los 26.

Es curioso observar las distintas etapas por las que pasa una persona.

Como, casi de la noche a la mañana, pasamos de sentir la necesidad de volar lejos del hogar a querer echar raíces y a sentir nostalgia de nuestros orígenes.

Y digo que es curioso porque creo, según mi propia experiencia y mi observación de las personas que me rodean, que el único factor que determina el momento de ese cambio es la edad. No hablo de momentos vitales que a todos nos pillan en distintas edades. Hablo de que, a determinado número de edad, yo diría que hacia los 26 por lo que he podido ver, uno empieza a notar la necesidad de lo que nuestras abuelas llamaban “sentar la cabeza”.

Lógicamente, con el cambio de los tiempos esa expresión ya no se refiere a que empezamos a querer casarnos y tener hijos, al menos no únicamente, sino que de repente sentimos un deseo muy fuerte de tener un lugar al que pertenecer, un lugar al que volver si tenemos que partir.

Porque transitamos de sentirnos de vuelta de todo, de sentirnos tan descaradamente jóvenes que podemos hacer lo que nos plazca; a una situación en la que, aunque seguimos manteniendo algunas cosas de esta etapa anterior, nuestras responsabilidades empiezan a ir en aumento, empezamos a ser más conscientes de que tenemos que medir mejor nuestros actos porque pueden tener consecuencias. Sentimos que la vida nos ha dado ya algún que otro palo y nos apetece sentir que pertenecemos a algo. Y es entonces cuando cobra sentido todo aquello que habíamos oído acerca de las raíces y de construir algo que sea nuestro.

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Pero el viajero que huye, tarde o temprano, detiene su andar

Porque la aventura está bien y querer explorar es la base del crecimiento y debe mantenerse siempre, pero a todos nos llega un momento en que inevitablemente sentimos la necesidad de detener nuestros pasos, de pararnos y pensar: ¿qué he conseguido hasta ahora? ¿qué quiero conseguir a partir de ahora?

Y la pregunta más importante de todas: ¿cómo quiero que sea mi futuro?

Periódicamente es necesario pararse y pensar en la propia vida, para poder detectar si se necesita reenfocarla.

Y cuando eso se hace, es muy reconfortante saber que tienes un lugar al que volver, unos brazos deseosos de abrazarte pase lo que pase.

Porque la sensación de emprender un viaje es indescriptible, pero con los años aprendes, que es igual de maravilloso el momento del regreso y la emoción de sentirte en casa.

Teresa

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Vive y deja vivir.

Tengo que dejar de escuchar la radio por las mañanas. O irme a vivir a una burbuja en medio del desierto.

Aún tengo que perfilar los detalles.

Lo cierto es que día sí, día también me encuentro con noticias que me hacen exasperar y pensar que el mundo necesita una restructuración total.

Y es que, aunque todas son acerca de distintos temas, hay un nexo común en todas ellas: el creerse possedores de la verdad absoluta.

Si tú piensas una cosa, es muy respetable y si quieres aplicarlo en tu caso personal, genial. Ahora bien, uno no puede andar por el mundo realizando afirmaciones absolutas.

Y no lo digo solo en los casos en los que mi opinión sea la contraria. En absoluto. Me parece mal la forma, no el contenido.

Si me quejo ante este tipo de declaraciones es porque me enerva sobremanera que venga alguien, sea quien sea, y me diga que lo que yo hago está mal (¡ojo! Siempre y cuando sean concepciones acerca del mundo, si viene alguien y se queja porque he matado a alguien, pues obviamente tiene todo el derecho y obligación del mundo).

¿Por qué? ¿Voy yo a decirle a otra persona que su idea de familia, que su manera de vestir, que sus preferencias alimentarias, están mal?

¿Por qué parece que la gente no es capaz de asumir que las personas tenemos opiniones diferentes y maneras de hacer diferentes y que, por muy mal que nos parezca, tenemos que dejar que lo hagan?

¿Qué más te dará a ti si me pongo una camiseta con rallas o con topos? ¿Qué más te dará a ti si como carne o como piedras?

Hakuna Matata, señoras y señores.

Si hay algo de todo el proceso de la producción de ropa o de la industria cárnica que te parece denunciable, hazlo. Pero a las autoridades, quéjate de las personas que son culpables de esas malas condiciones, no le digas a las personas que han decidido libremente hacer algo que eso está mal y que, ¡oh casualidades de la vida! Tu opción es la correcta y la adecuada.

Yo no me meto en lo que tú comes. Es más, por mí como si quieres comer cemento. Será más o menos de mi agrado y tendré mi opinión, pero jamás voy a hablar menospreciando tu opción y jamás te voy a criminalizar por hacer lo que haces.

Mientras a mí no me afecte o me haga daño lo que tú haces, adelante.
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Vive y deja vivir.

Hakuna matata, amigos.

Teresa

Vive tu vida como tú quieras. Equívocate.

Llega un punto en la vida en el que cada uno debe plantearse si lo que está haciendo le hace feliz e, inevitablemente, debe reflexionar acerca de lo que la felicidad es para él.

Y no es tan fácil con los miles de mensajes que recibimos diariamente que intentan decirnos cómo lograrla: ¡Viaja! ¡Sal de fiesta! ¡Quédate en casa! ¡Ve a cenar a un restaurante! ¡Date un masaje!

De locura.

Lo cierto es que en ningún lado está escrito cómo uno debe vivir su vida, y lo que a uno le puede satisfacer, a otro le puede parecer una tontería. La clave está en no dejarnos influenciar por comentarios ajenos acerca de lo que debemos hacer para ser felices.

¿Qué sabrán ellos de lo que ti te hace sonreír?

Cada uno de nosotros ha vivido experiencias distintas que nos hacen ser diferentes, por tanto, aconsejar sobre lo que una persona debe o no debe hacer para ser feliz es un tema complicado.

Pero si me permitís un consejo pequeñito os diré que viváis. Mucho. Intensamente.

Sí amigos, hay que estar en el agujero para salir del agujero, hay que vivirlo todo, pero hasta el fondo, a tope; aunque a veces duela, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu puta vida, para que cuando te llegue el momento, puedas gritar a boca llena: sí, amigos, yo he vivido.”

Hay que exprimir cada instante, pensando a lo grande, ilusionándose por cada pequeña cosa de la vida, apreciando en cada momento aquello que tenemos. Porque incluso en los momentos más jodidos habrá algo bueno y esa cosa buena, por más pequeña que sea, será lo que nos mantenga vivos, lo que haga nos merezca la pena seguir adelante.

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Y sobre todo, tenemos que equivocarnos. Y aprender que tendremos que recorrer caminos oscuros y tortuosos, que quizás jamás hubiéramos pensado que andaríamos, para llegar a lo bueno; pero que la vida son altos y bajos, y únicamente mediante nuestros errores lograremos encontrar quien realmente somos, lo que realmente queremos ser y lo que nos hace verdaderamente felices.

Teresa

¿Te atreves a soñar?

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Si de algo hemos oído hablar, la mayoría de nosotros, es de la motivación. Nos han dicho que debemos encontrar en nuestra rutina habitual esas cosas que nos impulsen a levantarnos de la cama cada mañana, aquello que nos haga vibrar y sonreír, en definitiva, que nos haga ser felices. Y está muy bien. Pero yo prefiero hacer otras cosas.

Yo prefiero soñar y crear mi realidad tal y como yo la quiero.

Si hay algo en tu vida que no te da ese impulso necesario, que no te hace sentir esas cosquillas en el estómago; entonces suéñalo.

Si no te motiva el lugar en el que te encuentras, cámbialo. Siempre, sin excepción. Busca aquello que te haga ser feliz. Suéñalo. Hazlo real.

Porque el cambio es la única constante, la única certeza que tenemos en nuestra existencia. Nada permanece eterno. Y somos nosotros los que debemos decidir si nos adaptamos o si preferimos establecernos en un estado de nostalgia estéril en el que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Al principio, nos asustará. No sabremos si el destino será mejor que el punto de partida. Pero no importa tanto el resultado sino el cambio de mentalidad.

Desde que nacemos, nos enseñan a hacer las cosas de una manera concreta, pero ¿qué pasa cuando lo que sabemos no sirve? ¿Qué pasa cuando lo aprendido queda obsoleto?

A mi generación le ha tocado vivir una época cambiante, llena de incertidumbre. Las maneras de encontrar trabajo, de enamorarse, de gobernar, de liderar; todo ha cambiado.

Y, o bien podemos seguir haciendo lo que hacíamos hasta el momento y estancarnos, o tratar de innovar para alcanzar nuestros objetivos.

Este cambio debe empezar desde dentro, desde uno mismo. Nadie puede imponer a otro que cambie. Pero uno sí puede empezar e intentar servir de ejemplo para el que vendrá después y provocar una reacción en cadena.

“Sólo obtendrás de la vida aquello que estés dispuesto a poner en ella”

Sueña. Actúa.

¡Bienvenidos!

Teresa