Jornada de reflexión: El Amor (I)

Querida,

La felicidad, el verdadero sentido de la vida, no es aparentar que eres quién sabe qué. No es gastarte el poco o el mucho dinero que tienes en cosas absurdas que permitan que los demás crean que tienes cierto estatus.

No querida.

La felicidad es levantarte un lunes y que se te haga menos cuesta arriba cuando enciendes el móvil y te encuentras un mensaje de audio suyo diciéndote “Buenos días princesa”.

Es que un martes en el que apenas os vais a ver, te sostenga con ánimos la hora que disfrutáis juntos para comer.

Es que un miércoles no tengas que hacer planes más que decidir qué película ver y a qué cine ir porque es el día del espectador y es vuestra tradición.

Es que un jueves venga él a esperarte al trabajo con la mejor de sus sonrisas pese al calor y que deis paseos interminables para exprimir cada minuto.

Es que un viernes estés esperando con todas las ganas del mundo la hora en la que él sale de clase, le vayas a buscar y hagáis de una cena en cualquier restaurante, la cena más romántica del mundo.

Es que un sábado, que por fin tenéis libre los dos, hagáis mil planes, queráis hacer mil cosas y al final solamente hagáis un par de ellas, porque os basta y os sobra estar el uno con el otro.

Es que un domingo vayáis los dos a pasear cerca del mar, toméis el vermut y volváis a comer con la familia, la que siempre está.

Eso, querida, es el verdadero valor de la vida.

Lo demás son excusas y barreras absurdas que tú te pones por miedo.

Te compadezco. De verdad que sí.

Y te invito, de todo corazón a experimentar el poder absoluto del amor incondicional.

Teresa

 

Besa mucho

Creer en algo está bien. Muy bien.

El problema reside en que, cuando aquello en lo que creemos falla, nuestro universo se tambalea.

Porque solemos creer en cosas materiales o en personas. Y ¿qué ocurre? Que esto puede decepcionarnos y, de hecho, lo hace muy a menudo.

Porque el mero hecho de poseer determinado objeto no nos va otorgar unas determinadas características de personalidad; y las personas hoy te pueden decir una cosa y mañana otra. O simplemente irse.

Y en el momento en que nos damos cuenta de esto nos frustramos, nos sentimos decepcionados y creemos que ya no merece la pena creer en nada ni en nadie.

¿La solución?

Empezar a creer en cosas que no nos defraudarán. O, en otras palabras, en conceptos abstractos que al no estar claramente delimitados por definición, podemos adaptar a nuestra medida y siempre van a encajar con lo que necesitemos.

Por ejemplo, yo creo en el poder de los besos.

Porque hay besos que te salvan la vida.

Y si te como a besos, tal vez, la noche sea más corta, no lo sé.

Desde pequeños hemos visto que en los cuentos, todas las princesas tienen como objetivo recibir ese beso de amor verdadero, que será el que ponga el final feliz a su historia dramática. Pero no nos engañemos, es una utopía.

Y cuando crecemos, vamos viendo que hay besos que se dan sin tanto sentimiento y que no están nada mal. Pero tampoco nos terminan de convencer.

Hasta que llega ese que es el definitivo. El que te hace volver a creer en el amor. El que te despierta de ese letargo. El que te hace volver a por más.

Y ¿qué mosca me ha picado a mí hoy?

Resulta que el miércoles se celebra el día internacional del beso y aunque me parezca una soberana tontería y no sepa si los besos son la salvación o la respuesta a todos nuestros males, hay que besar. Besar mucho. Con toda el alma. Hasta que duelan los labios. Sino quizás mañana sea tarde.

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Bésame.

Bésame porque así lo sientas.

Dame un beso en la frente para que me sienta segura, me sienta en casa.

Bésame, aunque sea porque toca, en la mejilla.

Sé un caballero y bésame la mano para que pueda sentirme tu dama.

Cállame con un beso cuando me pierdo entre palabras inconexas por los nervios.

Dame un besito suave, dulce y cálido mientras me abrazas porque estoy rota de dolor para que sepa que estás conmigo.

Róbame un beso furtivamente mientras estamos paseando hablando de nada en concreto.

Cógeme de la cintura por sorpresa, mírame a los ojos y dame un beso de película.

Hazlo como sientas, pero por lo que más quieras, no dejes nunca de besarme.

Aquél beso, aquél 8 de junio, me salvó la vida.

¡Feliz día internacional del beso!

Teresa