Jornada de reflexión: El Amor (I)

Querida,

La felicidad, el verdadero sentido de la vida, no es aparentar que eres quién sabe qué. No es gastarte el poco o el mucho dinero que tienes en cosas absurdas que permitan que los demás crean que tienes cierto estatus.

No querida.

La felicidad es levantarte un lunes y que se te haga menos cuesta arriba cuando enciendes el móvil y te encuentras un mensaje de audio suyo diciéndote “Buenos días princesa”.

Es que un martes en el que apenas os vais a ver, te sostenga con ánimos la hora que disfrutáis juntos para comer.

Es que un miércoles no tengas que hacer planes más que decidir qué película ver y a qué cine ir porque es el día del espectador y es vuestra tradición.

Es que un jueves venga él a esperarte al trabajo con la mejor de sus sonrisas pese al calor y que deis paseos interminables para exprimir cada minuto.

Es que un viernes estés esperando con todas las ganas del mundo la hora en la que él sale de clase, le vayas a buscar y hagáis de una cena en cualquier restaurante, la cena más romántica del mundo.

Es que un sábado, que por fin tenéis libre los dos, hagáis mil planes, queráis hacer mil cosas y al final solamente hagáis un par de ellas, porque os basta y os sobra estar el uno con el otro.

Es que un domingo vayáis los dos a pasear cerca del mar, toméis el vermut y volváis a comer con la familia, la que siempre está.

Eso, querida, es el verdadero valor de la vida.

Lo demás son excusas y barreras absurdas que tú te pones por miedo.

Te compadezco. De verdad que sí.

Y te invito, de todo corazón a experimentar el poder absoluto del amor incondicional.

Teresa

 

¡Muévete!

¿Sabéis qué hacía yo cuando era pequeña y, por ejemplo, se me escapaba el balón jugando en el parque? Me tapaba las orejas en vez de salir corriendo a por él.

Imagino que de tanto oír a mi madre decirme: “¡pero corre tras la pelota!”, aprendí que desesperarse y quedarse quieto no sirve de nada y que para solucionar un problema hay que tomar acción.

Intuyo, pues, que todas esas personas que cuando ahora ocurren cosas indignantes en el mundo se quedan quietos lamentándose, no tuvieron la misma suerte que yo y nadie les dijo que para lograr algo, tienes que hacer algo.

Y claro, así nos luce el pelo.

Vivimos en una sociedad llena de gente inmóvil y de lengua muy suelta. ¿Sabéis como le llamo yo a eso? Cobardía.

Nos han hecho creer, no tengo muy claro quien; que decir nuestra opinión desde la comodidad de nuestra casa y desde el anonimato que nos confieren las redes sociales es ser valiente. Pero criticar y no hacer nada por cambiar las situaciones que nos parecen injustas es muy cobarde. No nos engañemos. Que no nos engañen.

O ¿cómo creen que se construyeron las sociedades en las que vivimos actualmente? Pues gracias a gente que no tuvo miedo, que antepuso lo mucho que tenían por lograr a cualquier temor a represalias. Vivimos en un mundo construido por valientes y ¿vamos a negarles a las generaciones venideras ese privilegio?

Tenemos que pasar a la acción sino nada de lo que deseamos va a suceder.

No se qué le pasa a mi generación y a las más jóvenes que, aún no teniendo nada (porque no nos engañemos, tenemos poco), no somos capaces de luchar por nuestros derechos, por aquello que nos pertenece, por lo que es justo.

Tenemos muchísimo más por ganar que por perder.

¡Dejad de quejaros! ¡Salid de casa! ¡Haced algo!

Que yo se que pretender cambiar el mundo es una meta muy grande, pero no hablo de cambiar lo que pasa a miles de kilómetros; hablo de cambiar lo que pasa en nuestra comunidad de vecinos, en nuestro barrio, en nuestra ciudad, en nuestro país.

Porque nos han vendido que no podemos. ¡Y joder si podemos!

Si no hacemos nada, ¿quién lo hará? ¿La pandilla de incompetentes que tenemos por gobierno y políticos? No lo creo.

Aprendamos de una vez por todas que si queremos algo, tenemos que actuar.

Nuestros bisabuelos, nuestros abuelos, nuestros padres…todos lo hicieron en su momento. Lucharon defendiendo sus ideales, corrieron delante de la policía, se manifestaron enérgicamente por las calles sin parar. ¡Hagámoslo nosotros ahora! Que cuando nuestros hijos, en el futuro, miren atrás puedan estar orgullosos y decir que sus padres fueron unos valientes.

Quizás estoy pidiendo demasiado y como decía Amelie Poulain: “Son tiempos difíciles para los soñadores”; pero yo no me rindo. Yo creo que son tiempos difíciles para todos. Pero para los luchadores, los que imaginan un futuro mejor y actúan para lograrlo, para ellos las cosas no serán tan complicadas.

¿De qué lado queréis estar?

Teresa

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27 cosas que he aprendido en 27 años

Hoy cumplo 27 años siendo más consciente que nunca que cada año que uno cumple es un montón de lecciones que se lleva para su crecimiento personal.

27 años no son muchos y, si hay suerte, aún me queda mucho por aprender.

Pero creo que en estos 27 años de vida, algo he aprendido así que he decidido resumirlo en 27 lecciones vitales.

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  1. Hay tipos de personas a las que no soportarás jamás.
  2. Si el corazón te dice algo, escúchalo.
  3. Si quieres llorar, llora.
  4. Déjate llevar pero siempre con cabeza.
  5. La creatividad puede entrenarse.
  6. En situaciones límites, el cuerpo te sorprende.
  7. Estar soltera no es ninguna desgracia.
  8. Planifica todo lo que quieras pero no te olvides de vivir el presente.
  9. El amor que has dado es amor que nadie te quita.
  10. Confía únicamente en los cambios que tu puedes hacer.
  11. Soñar e idear es en lo mejor que puedes invertir tus pensamientos.
  12. Mamá siempre tiene razón.
  13. Si todo va mal, mamá y papá siempre estarán allí.
  14. Equivocarse es fundamental para crecer.
  15. Salir de fiesta está sobrevalorado.
  16. Probar comidas nuevas abre la mente.
  17. Ser exigente está muy bien y nadie te debe convencer de lo contrario.
  18. Hay que contar siempre hasta 10 antes de dar una opinión.
  19. Las relaciones de pareja serias no son un campo de rosas.
  20. Ir corriendo por la vida no es una buena actitud.
  21. No se debe decir nunca “no puedo”.
  22. Espera muy poco de la gente.
  23. A esta vida hemos venido a pasarlo bien.
  24. Un clavo no saca otro clavo (pero ir clavando mientras te recuperas es divertido).
  25. Escucha, se paciente, deja hablar a los demás antes de decir tu opinión.
  26. Quiérete mucho, por encima de todas las cosas.
  27. Lo mejor está siempre, siempre, por llegar.

Espero seguir aprendiendo mucho más y no dudéis que todo lo que aprenda, lo compartiré por aquí.

Teresa

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Septiembre… ¡Empezamos!

Siempre he sido más de inicio de curso que de inicio de año.

Supongo que en el fondo soy una nerd que disfrutaba empezando el cole y para la que el mejor momento del año era cuando tenía que estrenar una agenda nueva

Y eso ocurría en septiembre.

A medida que me he ido haciendo mayor, Septiembre ha sido siempre el mes en el que volvía al trabajo, aunque ahora hace 2 años que tengo vacaciones también en este mes, lo cual me da una sensación placentera pero extraña.

Aún así, cuando empieza este mes, me permito reflexionar, pensar lo que quiero lograr en el próximo “curso”, establecerme unos objetivos claros en varios aspectos de mi vida y marcarme metas que me ilusionen.

Y todo esto lo hago con las pilas cargadas porque en verano me he dado una buena dosis de mar. Para mí, es vital.

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Me enseña…

…que las cosas malas solo es cuestión de tiempo que desaparezcan.

…que la experiencia se adquiere superando adversidades.

…que la mayor belleza suele residir en las profundidades.

…que si hay ganas, no hay límites.

Así, sin límites, con nuevas ideas, nuevo contenido, energías renovadas y mejorías que iréis viendo poco a poco; empezamos nuevo curso en El Rinconcito de Teresa.

Teresa

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Volver. La pequeña crisis de los 26.

Es curioso observar las distintas etapas por las que pasa una persona.

Como, casi de la noche a la mañana, pasamos de sentir la necesidad de volar lejos del hogar a querer echar raíces y a sentir nostalgia de nuestros orígenes.

Y digo que es curioso porque creo, según mi propia experiencia y mi observación de las personas que me rodean, que el único factor que determina el momento de ese cambio es la edad. No hablo de momentos vitales que a todos nos pillan en distintas edades. Hablo de que, a determinado número de edad, yo diría que hacia los 26 por lo que he podido ver, uno empieza a notar la necesidad de lo que nuestras abuelas llamaban “sentar la cabeza”.

Lógicamente, con el cambio de los tiempos esa expresión ya no se refiere a que empezamos a querer casarnos y tener hijos, al menos no únicamente, sino que de repente sentimos un deseo muy fuerte de tener un lugar al que pertenecer, un lugar al que volver si tenemos que partir.

Porque transitamos de sentirnos de vuelta de todo, de sentirnos tan descaradamente jóvenes que podemos hacer lo que nos plazca; a una situación en la que, aunque seguimos manteniendo algunas cosas de esta etapa anterior, nuestras responsabilidades empiezan a ir en aumento, empezamos a ser más conscientes de que tenemos que medir mejor nuestros actos porque pueden tener consecuencias. Sentimos que la vida nos ha dado ya algún que otro palo y nos apetece sentir que pertenecemos a algo. Y es entonces cuando cobra sentido todo aquello que habíamos oído acerca de las raíces y de construir algo que sea nuestro.

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Pero el viajero que huye, tarde o temprano, detiene su andar

Porque la aventura está bien y querer explorar es la base del crecimiento y debe mantenerse siempre, pero a todos nos llega un momento en que inevitablemente sentimos la necesidad de detener nuestros pasos, de pararnos y pensar: ¿qué he conseguido hasta ahora? ¿qué quiero conseguir a partir de ahora?

Y la pregunta más importante de todas: ¿cómo quiero que sea mi futuro?

Periódicamente es necesario pararse y pensar en la propia vida, para poder detectar si se necesita reenfocarla.

Y cuando eso se hace, es muy reconfortante saber que tienes un lugar al que volver, unos brazos deseosos de abrazarte pase lo que pase.

Porque la sensación de emprender un viaje es indescriptible, pero con los años aprendes, que es igual de maravilloso el momento del regreso y la emoción de sentirte en casa.

Teresa

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Vive y deja vivir.

Tengo que dejar de escuchar la radio por las mañanas. O irme a vivir a una burbuja en medio del desierto.

Aún tengo que perfilar los detalles.

Lo cierto es que día sí, día también me encuentro con noticias que me hacen exasperar y pensar que el mundo necesita una restructuración total.

Y es que, aunque todas son acerca de distintos temas, hay un nexo común en todas ellas: el creerse possedores de la verdad absoluta.

Si tú piensas una cosa, es muy respetable y si quieres aplicarlo en tu caso personal, genial. Ahora bien, uno no puede andar por el mundo realizando afirmaciones absolutas.

Y no lo digo solo en los casos en los que mi opinión sea la contraria. En absoluto. Me parece mal la forma, no el contenido.

Si me quejo ante este tipo de declaraciones es porque me enerva sobremanera que venga alguien, sea quien sea, y me diga que lo que yo hago está mal (¡ojo! Siempre y cuando sean concepciones acerca del mundo, si viene alguien y se queja porque he matado a alguien, pues obviamente tiene todo el derecho y obligación del mundo).

¿Por qué? ¿Voy yo a decirle a otra persona que su idea de familia, que su manera de vestir, que sus preferencias alimentarias, están mal?

¿Por qué parece que la gente no es capaz de asumir que las personas tenemos opiniones diferentes y maneras de hacer diferentes y que, por muy mal que nos parezca, tenemos que dejar que lo hagan?

¿Qué más te dará a ti si me pongo una camiseta con rallas o con topos? ¿Qué más te dará a ti si como carne o como piedras?

Hakuna Matata, señoras y señores.

Si hay algo de todo el proceso de la producción de ropa o de la industria cárnica que te parece denunciable, hazlo. Pero a las autoridades, quéjate de las personas que son culpables de esas malas condiciones, no le digas a las personas que han decidido libremente hacer algo que eso está mal y que, ¡oh casualidades de la vida! Tu opción es la correcta y la adecuada.

Yo no me meto en lo que tú comes. Es más, por mí como si quieres comer cemento. Será más o menos de mi agrado y tendré mi opinión, pero jamás voy a hablar menospreciando tu opción y jamás te voy a criminalizar por hacer lo que haces.

Mientras a mí no me afecte o me haga daño lo que tú haces, adelante.
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Vive y deja vivir.

Hakuna matata, amigos.

Teresa

Vive tu vida como tú quieras. Equívocate.

Llega un punto en la vida en el que cada uno debe plantearse si lo que está haciendo le hace feliz e, inevitablemente, debe reflexionar acerca de lo que la felicidad es para él.

Y no es tan fácil con los miles de mensajes que recibimos diariamente que intentan decirnos cómo lograrla: ¡Viaja! ¡Sal de fiesta! ¡Quédate en casa! ¡Ve a cenar a un restaurante! ¡Date un masaje!

De locura.

Lo cierto es que en ningún lado está escrito cómo uno debe vivir su vida, y lo que a uno le puede satisfacer, a otro le puede parecer una tontería. La clave está en no dejarnos influenciar por comentarios ajenos acerca de lo que debemos hacer para ser felices.

¿Qué sabrán ellos de lo que ti te hace sonreír?

Cada uno de nosotros ha vivido experiencias distintas que nos hacen ser diferentes, por tanto, aconsejar sobre lo que una persona debe o no debe hacer para ser feliz es un tema complicado.

Pero si me permitís un consejo pequeñito os diré que viváis. Mucho. Intensamente.

Sí amigos, hay que estar en el agujero para salir del agujero, hay que vivirlo todo, pero hasta el fondo, a tope; aunque a veces duela, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu puta vida, para que cuando te llegue el momento, puedas gritar a boca llena: sí, amigos, yo he vivido.”

Hay que exprimir cada instante, pensando a lo grande, ilusionándose por cada pequeña cosa de la vida, apreciando en cada momento aquello que tenemos. Porque incluso en los momentos más jodidos habrá algo bueno y esa cosa buena, por más pequeña que sea, será lo que nos mantenga vivos, lo que haga nos merezca la pena seguir adelante.

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Y sobre todo, tenemos que equivocarnos. Y aprender que tendremos que recorrer caminos oscuros y tortuosos, que quizás jamás hubiéramos pensado que andaríamos, para llegar a lo bueno; pero que la vida son altos y bajos, y únicamente mediante nuestros errores lograremos encontrar quien realmente somos, lo que realmente queremos ser y lo que nos hace verdaderamente felices.

Teresa

¡Fuera de mi regla! Normalidad sin retroceso

Una lee el periódico, escucha la radio por las mañanas, mira el telediario, porque quiere estar informada, quiere saber lo que pasa en el mundo y en su país. Pero os juro que cada vez me dan más ganas de coger una mochila con lo básico e irme a vivir a la montaña, a una isla desierta en medio del mar o a cualquier sitio que, como condición indispensable, no tenga acceso ni a internet ni a tdt ni a nada.

El mundo está loco. Eso es algo que sabemos todos desde hace mucho tiempo. Pero hay ocasiones que ocurren hechos que no hacen más que confirmarlo y, a mí particularmente, me indignan. Y que yo me indigne, así como estado permanente, es muy difícil; se me suele pasar rápido.

Resulta que la CUP de Manresa que, como no tenían nada mejor que hacer porque se ve que en Manresa no hay más problemas, se han dedicado a presentar una propuesta para fomentar entre las adolescentes métodos alternativos para usar durante la regla. A ver, que si solamente lees esto no te parece tan mal porque una va en pro del progreso y piensa: “¡Ah! A ver qué métodos proponen que igual me interesan”.

Copas menstruales, compresas de ropa, esponjas marinas y sangrado libre.

Y si no me creéis, os dejo aquí la noticia.

A ver una cosa, mujeres que habéis propuesto estas alternativas: ¿vosotras trabajáis fuera de casa y os pasáis el día haciendo recados de arriba a abajo, u os pasáis el día en vuestra casa cómodas y tranquilitas? Porque yo no paro en todo el día y os prometo que no estoy por la labor de tener que estar sufriendo todo el día e incómoda.

Y habrá quien piense: ¡oh pero te vendes a los intereses de las grandes marcas y es muy poco ecológico! Mira, a lo primero, lo siento en el alma pero estoy ya vendidísima y lo admito; y lo segundo, pues me sabe mal, porque amo mi planeta y creo que nos lo estamos cargando entre todos, pero resulta que me amo más a mí (¡qué egoísta que soy!) y prefiero la comodidad, el bienestar y el no tener que preocuparme por cosas que no lo necesitan.

Si utilizo los métodos más extendidos, puedo ocuparme por completo de hacer bien mi trabajo para lograr un buen futuro y tener independencia económica, puedo ocuparme de formarme continuamente para mejorar como profesional y como persona y me puedo ocupar de lo que me de la real gana, porque no me tengo que preocupar de nada más. Y eso no significa que esté negando mi realidad como mujer, simplemente estoy haciendo que mi menstruación sea lo menos molesta posible (porque lo es, os lo digo yo, que soy mujer y la sufro cada mes, y sé que no es un campo de rosas y algodones, no me vengáis con eufemismos) para que pueda seguir haciendo mi rutina con la mayor normalidad posible.

Claro que habrá gente que pueda permitirse estar cada dos por tres pendiente de su copa menstrual y vaciarla o que pueda andar lavando la compresa de ropa, si no digo yo que no. Pero no lo queramos vender como opciones factibles en todos los casos y mucho menos como opciones que nos permitan reivindicar una normalidad en cuanto a la menstruación.

Porque si a lo largo de la historia, la regla se ha convertido en tabú ha sido, entre otros factores, porque durante muchos años a las mujeres en los días de su período menstrual se las ha considerado infestadas, sufriendo múltiples dolores y quejándose constantemente. Es por eso que alcanzaremos la verdadera normalidad si podemos seguir haciendo nuestras vidas, sin importar si tenemos la regla o no, porque el mundo no se para por ello. Nada tiene que ver el método que utilicemos, pero usemos el que usemos lo primordial tiene que ser que nos permita seguir desarrollando nuestras actividades cotidianas. Simplemente con algún dolor, pero yo he ido a trabajar o a la universidad con dolores de muelas mucho peores y he seguido haciendo mi vida. Esa es la normalidad. ¿Creéis que una mejor opción sería usar esas compresas de ropa que hay que ir lavando a menudo o el sangrado libre? No sé las demás, pero yo entonces debería quedarme en casa y para cualquier actividad que implicara desplazarme. Y eso no es igualdad.

Porque claro que eso nos diferencia de los hombres, pero no nos tiene que hacer diferentes en deberes y derechos.

No nos engañemos. No os engañéis.

Teresa

 

 

Libros imprescindibles

 Después de leer un libro, uno ya no vuelve a ser el mismo.

Para crecer, evolucionar y abrir la mente, siempre nos han dicho que lo mejor es viajar. Sin embargo, no todos nos podemos permitir estar constantemente de un país para otro, y es por eso que los libros son también una excelente opción para ver otros mundos. Leer nos permite conocer otras maneras de ver la vida sin movernos de donde estemos.

Este próximo sábado es el Día Internacional del Libro y por ello, me ha parecido la excusa perfecta para hacer una compilación de mis libros favoritos, para los lectores veteranos y para los principiantes que no saben por donde empezar.

Definamos primero mi perfil como lectora: soy una devoradora de libros a la que le encanta leer desde pequeña y, no solo eso, sino que, en lo referente a los libros, el tamaño sí que importa: cuanto más largos y extensos mejor.

La siguiente recopilación la he dividido en 4 categorías para que sea más fácil para todos ubicarnos.

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Libros épicos

Son esos libros que cuando los estas leyendo sabes que tienes algo grande entre manos, que un montón de gente se ha emocionado con esa gran historia y que son atemporales. Son libros que son una totalidad: tienen amor, drama, misterio, aventura, dolor, pasión… y por esa razón llegan al corazón, porque seguro que entre todos esos elementos, hay alguno que conecta contigo y que te hace recordarlo siempre.

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“Alguien me dijo una vez que en el momento en el que te paras a pensar si quieres a una persona, ya has dejado de quererla para siempre”

La sombra del viento – Carlos Ruiz Zafón

“La sombra del viento” de Carlos Ruiz Zafón es uno de mis libros favoritos de todos los tiempos y que representa muy bien esta categoría. Combina a la perfección esos elementos que comentaba: una trama repleta de misterio y suspense, una gran historia de amor, una pincelada de novela histórica y, en mi caso concreto, al estar la acción se situada en Barcelona, en paisajes familiares para mí, ese es el elemento que hace que conecte más con el libro.

“El ocho” de Katherine Neville me parece una obra muy completa. Es un libro que además de tenerlo todo (amor, misterio, aventura…), tiene una estructura narrativa que te engancha y te hace estar atento en todo momento para no perderte ni un detalle.

“El médico” de Noah Gordon, para mi fue un caso raro ya que, al empezarlo, no me gustó nada, se me hacía pesado y tuve que hacer un gran esfuerzo para seguir leyendo. Pero poco a poco, no se si porque yo me lo tomé con otra actitud o porque el libro se puso más interesante, me fue cautivando más hasta llegar al punto de que no podía dejar de leerlo y me parece una gran obra muy completa y de lectura más que recomendada.

Libros para pensar

Hay libros que aparecen en el momento preciso y con el mensaje adecuado para hacernos reflexionar acerca de lo que leemos y aprender de ello, usando aquello más útil para nosotros. Pero ¡ojo! no estoy hablando de los llamados libros de autoayuda. A los que me refiero pueden ser cualquier tipo de novela, la única particularidad que deben tener es que, por alguna razón, lleguen al corazón del lector, conecten con él  y le hagan extraer algún aprendizaje aplicable a su vida.

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“Se trata de inventar de nuevo la rueda, el fuego, la música, el canto… de olvidar la masificación y la búsqueda. De aceptar el dolor y la tristeza. De no formar parte de ninguna regla que den por establecida”

El mundo azul. Ama tu caos – Albert Espinosa

En mi caso son los libros de Albert Espinosa. Todas sus novelas me cautivan. Tiene una manera que tiene de contar las historias, con tanta sencillez, mostrando siempre la realidad por muy cruda que sea pero con ese toque de vitalidad, de amor a la vida, que hace que mi cerebro vaya a mil por hora para intentar absorber todo lo que va leyendo y que conecta muchísimo con mi filosofía vital y la complementa a la perfección. Cierto es que no son libros necesariamente alegres pero transmiten un mensaje plenamente optimista y alentador que ayudan a querer mejorar cada instante de nuestra existencia para hacerla plena y memorable.

Libros para enamorarse

No me gusta la novela romántica al uso. A mí, las historias pastelosas me parecen un tostón. Sin embargo, me fascinan los que cuentan historias de amor reales, crudas, sin tanta floritura, vamos, los que acaban mal.

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“La vio acercarse a él como si realmente fuese a su encuentro, buscándole sin conocerle, escribiendo su nombre a cada paso”

Últimas tardes con Teresa – Juan Marsé

Uno de mis favoritos de este estilo es “Últimas tardes con Teresa” de Juan Marsé. Cuenta la historia de amor complicada y tortuosa entre dos personas de clase social completamente opuesta que se empeñan en encajar pero que en el fondo saben que eso no es posible. El autor define tan bien a los personajes y los escenarios por los que transcurre la acción, que cuando estas leyendo, quedas atrapado y empatizas a la perfección con los personajes.

“¿Sabes lo que te pasa? No tienes valor, tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma […] Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno nena, ya estás en una jaula, tu misma la has construido y en ella seguirás vayas a donde vayas, porque no importa donde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.”

Desayuno con diamantes – Truman Capote

Y como no, “Desayuno con diamantes” de Truman Capote. ¡Cuántas veces me he sentido un poco Holly Golightly! Quizás este es el libro menos de amor al uso de todos, pero para mí es un libro de amor a uno mismo (o de la falta de éste) y también del miedo a enamorarse de verdad, a entregar todos los sentimientos a otra persona. Recomendado 100%.

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Y en esta última categoría encontramos aquellos libros que, como los lee todo el mundo, no queda muy intelectual decir que los has leído o que te gustan. Pero como en ningún sitio está escrito que aquello de mayor alcance popular, tenga peor calidad; yo admito que los leo y que me gustan.

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“¿Cómo he llegado hasta aquí? Me pregunto cuándo comenzó mi declive; en qué momento podría haberlo interrumpido. ¿Dónde tomé el camino equivocado?”

La chica del tren – Paula Hawkins

He leído muchos y por mis manos han pasado varios, pero en mi corazón siempre estará “El código Da Vinci” de Dan Brown. ¡Cuántos años hace ya que me lo leí! Pero me encantó. Y después vinieron “Ángeles y Demonios”, “La Conspiración”, “Fortaleza Digital”, “Inferno”…vamos, todos los de Dan Brown. Quizás no sean lo mejor de la literatura ni están escritos en el estilo más depurado de todos pero cumplen lo que prometen: entretenernos y enfrascarnos en una aventura de la que no podemos escapar tan fácilmente.

Cómo no, también sucumbí al fenómeno “Millenium” de Stieg Larsson (en mi defensa diré que mucho antes de que se masificara) y me leí los 3 de una vez (sí, 3, no pienso leerme el 4 por muy póstumo y homenaje que me lo quieran vender). Me apasionó el modo de relatar la acción y, cómo no, el rollo de Lisbeth Salander me enamoró. Por cierto, si queréis ver la película de “Los hombres que no amaban a las mujeres” en vez de leer el libro, mirad la sueca, la original; la hollywoodiense me parece un petardo.

Y el último libro que he leído, y que se engloba en esta categoría, ha sido “La chica del tren” de Paula Hawkins. Lo había leído todo el mundo y a mí me picaba la curiosidad. Y lo cierto es que no me decepcionó para nada. Me enganchó, me gustó mucho la estructura narrativa y el personaje principal, Rachel, es una joya psicológica de las que me encantan.

¡Feliz día internacional del libro! Y a leer.

Teresa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Besa mucho

Creer en algo está bien. Muy bien.

El problema reside en que, cuando aquello en lo que creemos falla, nuestro universo se tambalea.

Porque solemos creer en cosas materiales o en personas. Y ¿qué ocurre? Que esto puede decepcionarnos y, de hecho, lo hace muy a menudo.

Porque el mero hecho de poseer determinado objeto no nos va otorgar unas determinadas características de personalidad; y las personas hoy te pueden decir una cosa y mañana otra. O simplemente irse.

Y en el momento en que nos damos cuenta de esto nos frustramos, nos sentimos decepcionados y creemos que ya no merece la pena creer en nada ni en nadie.

¿La solución?

Empezar a creer en cosas que no nos defraudarán. O, en otras palabras, en conceptos abstractos que al no estar claramente delimitados por definición, podemos adaptar a nuestra medida y siempre van a encajar con lo que necesitemos.

Por ejemplo, yo creo en el poder de los besos.

Porque hay besos que te salvan la vida.

Y si te como a besos, tal vez, la noche sea más corta, no lo sé.

Desde pequeños hemos visto que en los cuentos, todas las princesas tienen como objetivo recibir ese beso de amor verdadero, que será el que ponga el final feliz a su historia dramática. Pero no nos engañemos, es una utopía.

Y cuando crecemos, vamos viendo que hay besos que se dan sin tanto sentimiento y que no están nada mal. Pero tampoco nos terminan de convencer.

Hasta que llega ese que es el definitivo. El que te hace volver a creer en el amor. El que te despierta de ese letargo. El que te hace volver a por más.

Y ¿qué mosca me ha picado a mí hoy?

Resulta que el miércoles se celebra el día internacional del beso y aunque me parezca una soberana tontería y no sepa si los besos son la salvación o la respuesta a todos nuestros males, hay que besar. Besar mucho. Con toda el alma. Hasta que duelan los labios. Sino quizás mañana sea tarde.

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Bésame.

Bésame porque así lo sientas.

Dame un beso en la frente para que me sienta segura, me sienta en casa.

Bésame, aunque sea porque toca, en la mejilla.

Sé un caballero y bésame la mano para que pueda sentirme tu dama.

Cállame con un beso cuando me pierdo entre palabras inconexas por los nervios.

Dame un besito suave, dulce y cálido mientras me abrazas porque estoy rota de dolor para que sepa que estás conmigo.

Róbame un beso furtivamente mientras estamos paseando hablando de nada en concreto.

Cógeme de la cintura por sorpresa, mírame a los ojos y dame un beso de película.

Hazlo como sientas, pero por lo que más quieras, no dejes nunca de besarme.

Aquél beso, aquél 8 de junio, me salvó la vida.

¡Feliz día internacional del beso!

Teresa